viernes, 14 de septiembre de 2018

EL GALEÓN SUMERGIDO. Manuel Zapata Olivella


EL GALEON SUMERGIDO.  Manuel Zapata Olivella.
El buzo exclamaba con voz salitrosa y amarga:
—Aquí en tierra,  entre  los  hombres  egoístas,  soy  miserable.  Pero  allá, bajo  el  mar,   entre   los   peces   que   guardan   mi  tesoro,   soy   rico   y poderoso.
Quienes  Io  escuchaban,  ebrio  y  delirante,  solían  reír.   Cada   cual   podía emborracharse y hablar tonterías. Tenía ojos de  mojarra,  grandes  y sanguinolentos. Era extraño  oírle  exclamar  que  solo  le  servían  para  mirar Ias profundidades submarinas. Su  cuerpo  rechoncho,  abollonado,  parecía   una   foca  grasosa   que   un   tifón  ártico  hubiera   arrojado  a   la pIaya.
Vivía entre cascos desvencijados de  balandros,  astilleros  de  chalupa  y ostras  vacías.  Transpiraba  el  mismo   olor   de   la   bahía   de   Cartagena,   mezcla  de  algas  asoleadas, sangre  de  sábalo  y  alquitrán   envejecido.   Su   cubil era una  especie de  caramanchel  construido  con  rotos  timones  de  canoas, arboladuras desmanteladas y pedazos de escotillones  calafateados  con  estopa. Sin embargo, permanecía más  tiempo  bajo  el  mar  que  a  pleno  sol  remendando  velas  de  goleta  o  bajo  la  enramada  de   mangles   y   palmas   de coco. Contaba que en puertos  sureños,  cuyos  nombres  había  olvidado  o  no  deseaba confesar, fue  pescador  de  esponjas  y  que  en  el  acantilado  de  una isla  sin  nombre  descubrió  un  banco  de  madréporas  y  perlas.  Hablaba   de esas aventuras cuando buceaba caracoles y ostras en la bahía. Ni los zambullidores  más  expertos  conseguían   acompañarlo   en   todo   el   trayecto   de sus inmersiones.
—Bajo  el muelle  hay  un  mero  inmenso!  Me   entré  en  su   boca  creyendo que era un túnel.
Los isleños lo miraban con sus ojazos en blanco.
—El otro día, entre las rocas, encontré una sirena dormida.
Bien sabía que gustaba de exageraciones, pero cuando los botes pesqueros regresaban a la  playa,  era  el  suyo  el  que  más  caracoles  traía, arrancados de lo más hondo del mar.
Se había enraizado en la  Playa  del  Arsenal  como  un  ostión  a  la  quilla de los barcos encallados. Imaginársela  sin  él  era  imposible.  Por  eso, tal vez, nadie sabía cómo ni cuándo apareció entre las jarcias abandonadas. Se rumoraba que borracho, lo dejó su barco, un salitrero chileno. Habladurías!  Ese  barco   y   otros   muchos   llegaban   constantemente   a   Cartagena sin que  él  hiciera  el  menor  intento  de  abordarlos.  Todos,  sin  embargo, atribuían su locura  la  primera  zambullida  que  hizo  en  la  bahía para sacudirse el marasmo que le produjo al verse en un puerto extraño sin pasaporte, sin equipaje y sin nombre.
Aquella tarde, midiendo el silencio como  un pez, oteaba la  vela distante de una chalupa. Algunos pescadores, inclinados sobre  el  muelle,  tiraban sus curricanes. Se desnudó, dejándose apenas un trapo en la cintura. Pecho y  brazos mostraban anilinas azules y  rojas con dibujos de anclas, brújulas   y   salvavidas. Nada            de  mujeres  desnudas  ni  corazones atravesados de puñales, propios de marineros  de  ocasión.  Tras  de  persignarse, de  un  salto  se  hundió  en  las  aguas.  Lo  último  que  se  vió  de  él fue su desgrañada cabellera como un inmenso calamar  negro  que  le  persiguiera.
Diez segundos, treinta, cincuenta, un minuto. . .
Los pescadores contaban el ritmo de sus pulsaciones y se miraban asombrados. ¿Se había ahogado? ¿Quién era? Allí estaban sus  ropas: un pantalón de dril azul y una franela a listas.
Allá en  lo  profundo  se  insinuaron  sus   brazos   y   piernas   agitándose. Y  de  nuevo  emergió  a  la  superficie  con  estruendosos   resoplidos.   Tragó aire, su ancho cuello se abultó  como  macho  carey  en  celo  y  volvió  a  perderse en las profundidades.
—No me interrumpa para contarme idioteces!
Al subir al muelle exclamó asombrado:
—A bajo hay un galeón sumergido!
El capitán del puerto reparó en su s ropas grasientas  y  le  volvió  la espalda indiferente.  Tuvo  hambre.  Aun  cuando  no   poseía  una   sola   moneda en su bolsillo, se sentía más rico que todos  los  armadores  del  mundo juntos: era dueño de un  navío.  Toda  su  vida  deseo  poseer  una  pequeña barca pesquera, sin que sus ahorros de  marinero alcanzaran  para  comprarla. Y  sorpresivamente,  al  zambullirse  en  un  día  de  hastío,  se  encontró un barco. Inútilmente lo repetía en  todos  los  tonos.  Nadie  le  creía. Muchos habían  enloquecido  en  el  fondo  del  mar  por  la  presión   de   las aguas sobre los tímpanos.
Solicitó audiencia al gobernador. El portero dudó mucho antes de anunciarlo:
—Un  extraño  dice  tener   algo  muy   importante   que  comunicarle.   Yo no sé si está  loco, señor.  Le  he  dicho que  usted  no  puede  atenderlo  porque es un funcionario muy ocupado. Ha insistido.  Por  fin  me  contó  al  oído que ha descubierto en la bahía, bajo las aguas, un barco antiguo o algo así!
El buzo de pantalón azul y franela a rayas, bajó las escaleras desilusionado.  El  gobernador  había  sido   su   última   esperanza.   Fue   entonces cuando  comenzó  a  hablar  de  los  hombres  egoístas  y  de  los  peces   gene- rosos. Buscó refugio allí, en Ia playa, cerca de su galeón sumergido.  Mientras remendaba redes y velas no se sabía si añoraba las distantes islas del sur  donde dejaría a su madre o si rememoraba sus incursiones  en la bahía a diez o quince brazas bajo el mar.  Apretaba sus dientes con los que cortaba los hilos de las atarrayas.  Mordía y escupía.  Su odio contra los incrédulos parecía concentrarse allí en su afilada dentadura de tiburón.  Cuando se alejaba de la playa para recorrer las callejuelas de la ciudad, resultaba un ser extravagante.  Caminaba meciéndose, zarandeado por las olas invisibles.   Era el océano desbordado, metido en un puerto extraño.
---Me creen loco.  Ah, si ustedes pudieran bajar allá y vieran!  El capitán yace al lado de la bitácora, parece que estuviera dormido.  La cubierta esta desguarnecida.  Hay tres anclas grandes y dos cañones.  Un pequeño escotillón conduce a las bodegas; siempre que intento llegar allí, me falta el aire y me zumban los oídos.  Pero he alcanzado a ver los tesoros de oro y esmeraldas.  Si tuviera una escafandra podría rescatarlos y mostrarles a ustedes riquezas jamás imaginadas!
----Deja de hablar de tu barco hundido y tómate otro trago!
El mar, más que los años, fueron carcomiendo  su cuerpo. Igual que los barcos al regresar a puerto, después de cada sumergida mostraba pequeñas averías que él mismo ignoraba.  Sus pulmones, sometidos a fuertes presiones, perdieron elasticidad y llenos de aire --- el aire que tanto añoraba bajo las aguas ---  se ahogaban sin poder renovarlo.  A veces tosía obstinadamente y solo lograba calmarse cuando escupía espesos coágulos de sangre.  El silencio de las profundidades le acompañaba permanentemente.  Los tímpanos rotos apenas le dejaban escuchar sus voces interiores que le hablaban a gritos de su barco.  Ya sus ojos, acostumbrados a la oscuridad submarina, no alcanzaban a mirar el sol.  No podía remendar  ni pegar parches en las velas desgarradas.  Vivir fuera del mar se hacía cada vez más duro.
En la playa revoloteaban los chorlitos entre las algas húmedas.  La sirena de un barco que se despedía resonó tres veces, hiriendo sus oídos, sordos a las palabras.  Sintió calor como aquella tarde de su arribo.  Allá abajo, en su galeón, la marinería izaba las velas y sus voces piratas lo llamaban a bordo.  Se arrojó al agua, pero su cuerpo se hundió lentamente.  Diez años atrás lo habría hecho veloz, audaz, arpón dirigido a las profundidades. Allí estaba su barco.  Descendió por arboladura mayor hasta la cubierta.  Las masas azules y oscuras de las aguas habían silenciado  a la tripulación.  El capitán se zarandeaba en el puente, envuelto en su capa negra.  En el escotillón que conducía a la bodega encontró el ancla.  Otras veces intentó removerla inútilmente.  Hizo esfuerzo para levantarla y la pesada cruz lo aprisionó contra la cubierta.  Cientos de pececillos comenzaron a cruzar ante a sus ojos --- perlados, rojos, verdes ----  rubíes y esmeraldas que emergían de las bodegas.  Su tesoro, hasta entonces sepulto en los viejos arcones piratas, se volcaba hacía él.  La gran noche submarina cerró sus párpados y con el inmenso peso del océano sobre sus pupilas, se quedó dormido.